¡Ay Estado! ¿Por dónde has estado?
Tres
décadas de políticas educativas, políticas públicas, destinadas a crear y
moldear ciudadanos, preparar mano de obra calificada y favorecer alternativas
viables, someter y reprimir, reverdecer, asfixiar, oxigenar e incluir y
resistir.
Desde
la discusión que dio fruto a la primera ley educativa allá por 1884 (Ley 1420
Laica, libre, gradual y gratuita), no solo se disputó que tipo de educación
debería impartirse, que necesidades tenía el Estado para con los habitantes,
tan heterogéneos como hoy, sino por sobre todo la presencia hegemónica del
Estado. Este fue un punto clave en donde la Iglesia de ese momento sufrió una
pérdida grande a sus ambiciones de control social, encubiertas por su puesto en
pérdida de libertad individual por el avance de Estado. Esta ley sin ser
modificada sustancialmente, supo de momentos felices a mediados del siglo XX,
felices porque se incluye y masificó el sistema educativo, se crearon escuelas
técnicas y la universidad obrera, pero sobre todo porque por primera vez el
sujeto social destinatario de estas políticas públicas no pertenecía sólo a
algunas de las clases sociales, sino que se ampliaba el espectro de alcance a
todos, también podemos decir que pasó a ser parte del relativo ascenso social.
El Estado siguió cumpliendo un rol central, pero esta vez dando un nuevo
sentido social de pertenencia.
Analizar
el papel que jugó el Estado desde la recuperación de la vida democrática, nos
hace retrospectiva mente dilucidar que rol le otorgaron los cuadros militares
tras el golpe cívico-eclesiástico-militar de 1976 a la educación, llevado
adelante a través de restricciones presupuestarias, cierre de instituciones,
exilio de docentes y por sobre todo el desarme de experiencias alternativas. Aquí
resurge luego de un siglo de disputas, la iglesia católica que junto al empresaria-do socavan las funciones reguladoras del Estado, que ya había
demostrado signos de insuficiencia en las políticas obsoletas que mantenía en
ejercicio, es decir, estos actores sociales aprovecharon las propias
contradicciones, el paso del tiempo y la falta de políticas públicas para
atacar al Estado. O sea, se atacaba a la decisión ideológica de la hegemonía
del Estado como regulador general. A partir de allí se profundizó la tarea de
trasmisión de jurisdicciones que ya habían comenzado en la dictadura de Onganía
(1966), del sistema educativo a las provincias con una clara idea de
desvincularlo del centralismo estatal. Creemos que buena parte de las crisis
del sistema actual radican en estas decisiones estructurales, estas políticas
públicas que rompieron una buena parte del tejido social, acompañadas por
ciertos del terror represivo y de la bancarrota económica. (Tres por uno
letal).
¿Entonces, quien diseña las políticas educativas, el Estado
para el conjunto social? ¿Pueden estas estar escindidas de la realidad política
y económica del país? Hasta aquí pareciera
que lo político había marcado el ritmo, pero se empieza a entrever que no se
puede seriamente analizarlo por separado de lo económico.
Al
fin aparece en escena nuestra querida democracia, el nuevo gobierno tiene la
necesidad orgánica de establecer lazos identitarios con una política educativa
no asociada al pasado reciente, pero tampoco con las situaciones críticas de
mediado del siglo XX en adelante. Entonces pone en disputa la representación
del pasado (con una gran necesidad que circula en los ámbitos de poder, hacer
responsable solo a los militares de los desastres sucedidos y avanzar sin
profundizaren sus cómplices), el deseo del futuro y como alcanzarlo. Hay un
intento de participación mayor de la comunidad en las instituciones y un
excelente dato es la normalización, reapertura y accesibilidad a las
universidades. En este ámbito de participación social falló el intento de
conducir esas fuerzas renovadoras (Congreso Pedagógico Nacional 1986 – 1988), y
otra vez aparece la iglesia católica, junto a posiciones conservadores,
sosteniendo la pluralidad (término madre en la democracia) a través de la
oferta privada que venía creciendo. Perdida la batuta de mando del Congreso se
diluía una urgente reforma y agonizaba el país.
Ya
no habría oportunidad política, sólo la reforma estructural económica y el
ingreso en primer plano del mercado en las políticas educativas, con la eficiencia
de los recursos como leit motiv del nuevo discurso administrativo, se comienza
a legislar (Ley de Transferencia Educativa 1992, Ley Federal de Educación 1993
y Ley de Educación Superior 1995). Claramente la aprobación de la primera de
ellas marcaría el paso, al ritmo de la crisis económica era sometida la
educación. Se logró con estas leyes la desarticulación del sistema nacional,
iniciado como decíamos en el gobierno de facto de Onganía, dejando librado el
rol y la impronta que cada provincia quisiera y/o pudiera financiar, de allí
surge la frase en que se dice que el Ministerio de Educación es una oficina
pública sin escuelas a cargo. Por primera vez aparece el arancelamiento para la
educación pública como una amenaza cierta, sobre todo en los niveles superiores,
de esta forma se corre de un plumazo al Estado como garante de los servicios
educativos (magnificando las fallas que arrastraba el sistema educativo luego
de un siglo), en aras de la modernización estructural, dejando al mercado regulando
las distintas ofertas.
Con
la llegada de una alianza electoralista al gobierno y el comienzo del nuevo
milenio, no llegó ninguna buena noticia, y tan rápido como llegó, se fue
volando para dejar uno de los recuerdos más tristes de la vida social
Argentina.
Casi
sin recursos, sin herramientas materiales, pero con capacidad y decisión el nuevo gobierno vuelve a poner al
Estado al frente de las políticas educativas, con dos leyes que aún se
encuentran en vigencia, en el año 2005 se sanciona la Ley de Financiamiento y
en el año 2006 la Lay de Educación Nacional que suplanta a la Ley Federal, con
un sinfín de nuevas aristas, pero con un plan clarísimo a la hora de señalar
sujetos de aplicación, responsabilidades y financiamiento, junto con objetivos
centrales como inclusión, acceso y permanencia en el sistema, obligatoriedad de
la escuela secundaria, etc.
El
estado nacional se obligaba por ley a asistir económicamente a los estados provinciales
en cuanto a que los pisos salariales no estuvieses desfasados, llegándose a
aplicar el 6.4 % del PIB en las partidas para educación a nivel nacional en el
año 2010, el máximo aplicado en toda la historia. Priman los conceptos de
universalidad y de las atribuciones del Estado por sobre lo individual, a modo
de revisar decisiones y equilibrar desigualdades.
Este
panorama es el que encontramos hasta fines del 2015, una legislación abierta a
propuestas innovadoras, pero aún con muchas falencias por parte de la escuela,
que en muchos casos no se desapega de la escuela tradicional. Es un desafío abordar estos cambios que
conduzcan a la escuela por el camino de la contracultura, y abandonar el papel
reproductor del statu quo.
Por
último el sistema educativo no debe estar sujeto a los recursos disponibles, en
donde la economía lo restringe casi todo, a las avatares internacionales, a la
agenda de la opinión pública, se ha recorrido mucho y hoy nos vemos estancados,
sobre todo en los últimos años, es preciso profundizar los aspectos críticos
del sistema educativo y universalizar el acceso y permanencia, siempre. Para
todos y todas.
Pd: Mientras escribimos estas líneas se cumplen 70 años de la
creación de la Dirección de Educación Especial en Argentina (1949).

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